Pez volador o exocétido, palabra que proviene del griego εξω-κοιτος, exo-koitos, “yacer fuera” en el sentido de “dormir bajo las estrellas”, por el hecho de que no es raro que queden varados en las cubiertas de los barcos al salir del agua por las noches.

AUTOENTREVISTA

¿Por qué Patossa?

Opté por Patossa como nombre artístico porque casi nunca ocurre algo en mi vida sin accidentes o errores. La vida sucede siempre, a su antojo, a pesar de nuestro control todopoderoso. “Los errores no existen”, escuché una vez en la serie House of Cards. A nivel artístico, la mayoría de esos errores (gotas de tinta, arrugas indeseadas a priori, manchas inesperadas y demás devaneos azarosos) me han abierto nuevos caminos por los que transitar, casi como un juego, o sin el casi.

¿Todo es un juego, entonces?

Debería, al menos en la parte puramente creativa. Jugar es abrirse a las posibilidades que te brinda el momento y los elementos con los que cuentas en ese instante. Jugar es pasarlo bien. Yo no he nacido para pasarlo mal, aunque a veces las cosas se retuerzan, causen chichones y duelan.

Como los niños.

Exacto. Soy una niña que ha dibujado desde siempre. No recuerdo una sola fase de mi vida en que no haya garabateado, pintado, cantado (aunque no es mi mejor talento), bailado o imaginado.

¿Y eso del pez volador?

Es algo que he descubierto sobre mí misma desde hace relativamente poco tiempo. Me declaro pez volador porque se trata de un animal que vuela en el agua y nada por el aire, desafiando los conceptos preestablecidos y estáticos. Además, tengo una estimable memoria de pez.

No te gustan las normas, entonces.

La mayoría de veces nos encorsetan y los corsés no sirven para eso de la danza creativa. Yo, animal bípedo de la raza humana, además de caminar sobre el suelo, puedo nadar y volar a través del agua, del cielo, de las formas, de los papeles, de los colores, de los objetos.

¿Cómo definirías tu estilo?

¿Acaso hay que definirlo? No hago las cosas según un supuesto estilo. Las ideas nacen, me guían y las guío, poco más. Pensar en definir mi estilo se me antoja igual que buscar una definición para el amor, es mucho mejor ponerlo en práctica, ¿no? Prefiero no limitarme, no poner fines. Así que me amparo en la maravillosa frase de Scarlett O’Hara: “Ya lo pensaré mañana”.

¿Qué cosas has hecho y qué cosas te quedan por hacer?

Menuda preguntita, amiga [ríe]. Los humanos estamos constantemente haciendo cosas. Yo he hecho muchas, algunas bastante inútiles, por cierto. No se trata de cuántas cosas haces, sino de cómo las haces, de si nacen desde el tuétano o de si vas de turisteo periférico. A nivel artístico, por ejemplo, volvería a estudiar Bellas Artes y Arte Dramático, creo que ahora las viviría de un modo más consciente, más intenso, aprendería más y de diferentes maneras. Y bailar, bailar mucho.

¿Y qué hay de los objetivos profesionales?

Me quedan muchas cosas por hacer a ese nivel. Pero, básicamente, lo que quiero es que cada proyecto que se me cruce en el camino suponga un viaje, para mí, para el cliente y para quien lo contemple. Además, todo sea dicho, de que el trabajo sea justamente remunerado, que los ilustradores y creativos aún no hemos aprendido a hacer la fotosíntesis. Desde cierto punto de vista, envidio profundamente a las plantas [ríe].

¿Algún sueño concreto? Mójate.

Me gustaría ser Picasso, pero en modo Patossa, no sé si me explico.

¿Cuáles son tus referentes?

Admiro el trabajo de mucha gente. Como decía antes, Picasso es de los más grandes, me da la sensación de que siempre estaba jugando. En general me estimulan los creadores que juegan todo el rato. Bebo de lo que ofrecen Isidro Ferrer, Mariscal, Jean Jullien… Pero también de Goya, Leonardo Da Vinci, Vermeer, Pollock, los dibujantes de las cuevas de Altamira o Lascaux… La poesía de Vicent Andrés Estellés, Martí i Pol, Walt Whitman… La música, claro. O el mundo del cine, Hitchcock, Kieślowski, Tarantino, ¿qué sé yo? El mundo está lleno de belleza, todo es muy amplio, todo me influye, soy permeable. También lo que no me gusta.

¿Qué no te gusta?

No me gusta lo hipócrita, lo que no nace de la pureza. No me gusta el ornamento por el ornamento, la apariencia vacía, el preciosismo y las cosas hechas sin ganas, sin entusiasmo. Tampoco me va demasiado la moda, aunque me declaro muy esteta en muchos ámbitos.

Francamente, crees que esta manera de presentarse es “la manera”.

Pues, francamente, lo encuentro más estimulante que un farragoso currículum vitae. Lo que debe interesar de mí está en mi trabajo, no en la cantidad de hitos académicos que haya conseguido o no.

¿Algo para finalizar?

Tengo limoncello casero (lo ha hecho mi madre) en la nevera. ¿Quieres?