El viernes 8 de marzo de 2019 paro máquinas: no postearé nada en redes, no trabajaré para nadie, no compraré nada. El 8M pararé porque estoy hasta el chichi (hasta la figa, en valencià).

El 8M no es un día feliz, entre otras cosas, porque en realidad es el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Trabajadora, sí: no de la Mujer a secas. Con el tiempo el epíteto “trabajadora” se ha ido diluyendo. No me hace feliz luchar por la igualdad, francamente. Me hace feliz, por ejemplo, compartir unas birras, unas bravas y unas risas con mis amigos, en cualquier terracita con sol generoso. Me hace feliz cerrarme en mi estudio y jugar con las tintas, los cartones, las basurillas y los colores. Me hace feliz levantarme de la cama, desayunar y volver a acostarme rindiéndome a la pereza. Me hace feliz no tener que hacer nada.

Trabajar no me hace feliz, me hace productora. Sucede que estamos sumidos en un mundo capitalista en que si no produces ni generas mercancía no eres nadie ni mereces nada. Así que las mujeres, bienaventuradas todas, dado que lo de salir del sistema capitalista es casi una quimera, nos unimos para que el capitalismo nos joda menos.

Históricamente el capitalismo, no nos mintamos, tiene cojones y fecunda con espermatozoides. Yo no quiero ser fecundada, desde hace años considero claramente que la humanidad es una plaga y que merecemos la extinción (aunque eso es otra historia). Pero a los espermatozoides les mola expandirse e impregnarlo todo, es su naturaleza. La cosa es que sin los óvulos poca cosa pueden hacer si no es dejarlo todo perdido.

Hemos tardado demasiado tiempo, las mujeres como colectivo, en darnos cuenta de esto y reaccionar en bloque. Entre otras cosas porque tampoco ha sido fácil por sometimiento económico, sexual, laboral, sanitario, académico y educacional, judicial, político, etc. que ha durado siglos. No nos lo han puesto fácil. Tampoco el hecho de ir más o menos en bloque ha favorecido una concatenación de igualdades mágica y repentina. No. Estos son muros que se han forjado en el transcurso de mucho tiempo y, como la puerta negra de Mordor, cuesta la hostia derrumbarlos. Lamentablemente sigue habiendo menos pan en las cuentas bancarias de las mujeres que de los hombres y blablabla. Afortunadamente, son muchos los hombres que se dan cuenta, interiorizan y construyen desde otras lógicas equitativas y respetuosas: ser machista no mola.

Claro que hay mil motivos para la huelga. Uno de mis grandes motivos es, sencillamente, mis sobrinas: quiero que sean lo que quieren, que rían, que se enamoren locamente, que aprendan hasta entender la ignorancia, que trabajen (si no hay más remedio) y que se respeten, que follen con quien quieran y como quieran, que tengan las mismas opciones que mis sobrinos, en base a sus capacidades, a sus deseos, a sus sueños, y que se den más o menos las mismas hostias (porque la vida también hace eso: repartir hostias por doquier). Quiero que estadísticas como las actuales no nos cuenten que la sociedad las condena a ir por detrás de ellos, mis sobrinos, simplemente por haber nacido con vagina. Y quiero, para mis sobrinos, exactamente lo mismo.

Porque quedándonos quietas podemos moverlo todo.
Hay #MilMotivos.

¡Nos vemos en la mani!


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